El primero me lo regalaron mis padres a modo de cuaderno de bitácora cuando viaje por primera vez a Inglaterra. Era el verano de mis recién cumplidos 13 años, y por primera vez me embarcaba en un viaje sin familia y a un país extranjero (he de explicar que como muchos otros españoles, lo único extranjero que había pisado era ese típico pueblo portugués al otro lado de la frontera...). El diario allí me sirvió básicamente para hacer una lista de dinero y ropa que no debía perder, porque eso de transcribir mis aventuras e inquietudes en una habitación donde habitaban 15 chicas más, se me antojaba imposible.
Así que cuando terminó ese viaje, mi diario empezó a ser usado como un verdadero diario, aunque con historias tan poco suculentas como "hoy me han dado las notas y vuelvo a tener todo sobresaliente" o "me estoy comiendo un magnum doble-chocolate y estoy empachada".
Mi "yo" de trece años poco a poco fue introduciendo capítulos donde comentaba pequeñas críticas a las que por entonces consideraba mis amigas, y explicaciones de mi día a día. Se iba poniendo interesante, aunque siempre cojeaba del mismo pie: no tenía constancia. Igual que en mi blog, querido lector, escribía con semanas o meses de separación...Y era algo que de verdad me daba mucha rabia, pero no conseguía controlar.
Fui creciendo, y el diario entró de lleno en mi etapa adolescente. Describía a mi amor platónico del colegio, cómo lo vigilaba junto a mis amigas en el recreo, y lo horrorosa que me pareció su novia de aquel entonces que vino a recogerlo un día que se había doblado el tobillo. De hecho hice un pequeño dibujo para ilustrar la fealdad de aquella odiada y odiosa chica.
No quiero estropear la magia de esta historia, pero creo que puede que te alegre saber que en la actualidad el Buda está involucrada en una bonita y duradera relación sentimental con ese amor platónico de sus 14 años...También te gustará conocer que en un momento de confesión en el que el Buda reconocía la hipervigilancia a la que tenía sometido a su enamorado, éste reconoció que la descripción que tenía el Buda en su mente era increíblemente exacta (con cada parte fea incluida).
El diario se fue llenando de ilusiones, esperanzas y decepciones, como viene siendo natural en la vida de cualquier adolescente. También momentos tristes, y dudas existenciales sobre el futuro.
Sus páginas se acercaban al fin mientras mi etapa escolar llegaba también al suyo (te recuerdo, querido lector, que estuve en el mismo colegio hasta entrar en la Universidad).
Y llegó mi segundo diario. El Buda ya se consideraba a sí mismo más adulto, y eso de escribir mis miedos y esperanzas en un cuadernillo parecía una tontería...pero de vez en cuando, en los momentos de soledad o insomnio, alguna paginita de resumen caía.
Escribí y escribí, hasta que un día un miedo irracional me invadió. Bueno, he de rectificar...no era tan irracional, pero sí que tuvo una respuesta irrevocable. El miedo, querido lector, no era ni más ni menos ser descubierto.
Así de simple.
Siempre había mantenido un escrupuloso cuidado del lugar donde escondía mis notas personales, pero como el Buda no vive solo, siempre podría pasar que sin querer alguien encontrara ese lugar secreto y echara una ojeada.
Realmente no es que dijera cosas malas, pero al ser taaaaaaaaaaaan reservada, era una idea que me atormentaba.
Hice brevemente una lista rápida de pros y contras, y me aterraba tanto descubierta, que directamente, y sin darle más vueltas, rompí los dos diarios.
Un alivio gigante llenó mi mente y mi alma, pero una pequeña parte añoró el volver atrás y releer las tonterías que escribía un pequeño Budita que empezaba a probarse a sí mismo en esto que llaman la vida.
Y es que el mayor placer de tener el diario era volver a transportarse a aquel instante.
¿Y por qué te cuento todo este rollo? Porque esta tarde he podido volver a sentir esa satisfacción gracias al blog. Releer mis entradas, mis idas de olla o mis historias sobre Sanación me han alegrado enormemente.
Una de las cosas que más feliz me ha hecho, y precisamente ha sido la catalizador para la creación de esta entrada, ha sido leer mis dos últimas entradas, donde me quejaba de mi etapa MIR y me sentía tan perdida.
Lector, tú ya sabes que por suerte ya no me siento así. Ya he salido al otro lado del túnel, y hay luz para todos.
Gracias por estar en la vida real a mi lado, porque me has ayudado a buscar en mi mente ese camino que desde siempre había querido explorar. Gracias por compartir experiencias y actividades que me han ayudado a sentirme más segura en la vida laboral que me ofrece el verano (y las Navidades, y la Semana Santa...). Gracias por no dejar que desespere y recordarme que siempre habrá un huequito para mí donde podré ser feliz.









