15 abr 2019

La capital

-¡Ahhhhhhhh! Mmmmm...El cielo aquí es diferente, ¿no creéis?

Mientras Charada aspiraba con aire de ensoñación, uno a uno fueron apareciendo el resto de nuestros protagonistas a través de la puerta giratoria, tosiendo e intentando retirar la polución de sus vías aéreas.

-Vamos, subimos por esa calle, luego dos cuestecitas de nada, y ya estamos en La Sala. 

Naldo lideraba la marcha tras Charada, que ligera como una pluma subía por la cuesta adoquinada. El resto los seguía como podían. Cerrando la fila, el Buda y Almendra, arrastrando la primera su túnica y la segunda su poncho, seguían lo más dignamente el curioso desfile que habían formado.
Lo más curioso sin embargo, era que allí nadie les miraba con extrañeza. Es más, nadie realmente parecía verlos cruzar a su lado. Los habitantes de la capital, y más concreto de ese barrio, se habían acostumbrado a recibir a los perros verdes de la nación, a los raros, a los que los convencionalismos les quedaban estrechos, o le hacían querer rascarse donde se clavaba la etiqueta con la que no querían vivir nunca más. Para Charada, no eran más que sus vecinos. A algunos los seguía saludando, incluso se paró para ayudar a subir a una señora cargada de naranjas el resto de la cuesta.

Todos se reunieron en lo alto de la cuesta, en una bonita plaza con pintadas y macetas que mezclaban lo transgresor con lo cañí. En uno de los laterales de la plaza vieron una puerta de madera de dos hojas, con una altura que parecía hecha para el recibimiento de señores a caballo. La madera parecía bastante podrida y estaba adornada con cientos de grafitis, que apenas dejaban entrever el verdadero color del material primigenio. Frente a ella se reunieron por indicación de Charada, esperando sus instrucciones.

-Veréis...el sitio puede que haya cambiado un poco. Cuando yo llegué era un santuario asiático donde buscaba poder meditar como hacía el Buda...Luego me enteré que se daban masajes, y me pareció mejor idea todavía.
Charada hizo una pausa dramática para buscar miradas de desaprobación, pero sólo encontró risitas por parte de los tres jóvenes, y unos ojos en blanco de pura exasperación en la cara de la Srta Tulp.
Almendra tomó la palabra.
-Bueno, vamos a ver qué ha pasado con el lugar, y sobretodo, vamos a descubrir de una vez por todas si La Sala sigue intacta para que podamos proseguir con nuestra misión.

Llamaron a la portentosa pero estropeada puerta, y efectivamente una joven con rasgos asiáticos salió a recibirles:
-¿Tenían cita?



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